Todo lo que siempre has querido saber sobre la superluna en una sola infografía

Carolina Jiménez, “infografista de profesión [OK Infografía], escéptica de mente y científica de corazón” nos ha traducido al español una infografía publicada en Space.com sobre la superluna. Espero que os guste. Carolina entre sus múltiples virtudes también es músico (Kireina) y ha dedicado una canción a la superluna, que podéis disfrutar en youtube (Kireina fue nominada con su canción “Can’t Walk Over Me” a los Hollywood Music Awards, 2008).

PS (29 nov 2012): Me ha gustado la APOD de hoy.

Atención, pregunta: ¿Se puede beber el agua que hay en la Luna?

La sonda LCROSS (Lunar Crater Observation and Sensing Satellite) de la NASA confirmó a finales de 2009 la existencia de agua en el interior de la Luna. ¿Se puede beber? La cantidad de agua en el interior de la Luna es demasiado pequeña para que astronautas que la exploren puedan subsistir gracias a ella (unos 45 litros de agua por tonelada de polvo lunar). El agua superficial en forma de hielo es otra cosa. El Moon Mineralogy Mapper (Mini-SAR) de la sonda india Chandrayaan-1 detectó cráteres llenos de hielo en el Polo Norte de la Luna (pequeños cráteres llenos de hielo de un tamaño entre 2 y 15 kilómetros de diámetro). Se estima que podría haber cientos de millones de toneladas métricas de agua congelada. Este agua podría ser explotada en minas para la subsistencia de los visitantes terrícolas en nuestro satélite (hay que recordar que la Luna no tiene casquetes polares congelados como los de Marte o los de la Tierra). ¿Cuál es el origen del agua en la Luna? Se cree que ya formaba parte de ella cuando se formó hace unos 4.500 millones de años (algo así como 1 parte por billón en su masa era agua). La presencia de agua en la Luna está fuera de toda duda ya que seis misiones espaciales han detectado agua (o sus componentes) en la superficie lunar: Chandrayaan-1, Cassini y Epoxi han medido los niveles de agua, hidroxilo y de hidrógeno en la superficie de la Luna; Lunar Prospector, LCROSS y Lunar Reconnaissance Orbiter lo han confirmado. Nos lo comenta Lindy Elkins-Tanton (MIT), “Water on the Moon,” Physics Today 64: 74, 2011. Más información en Frogger “Hielo en Polo Norte lunar,”4 de marzo de 2010, y por supuesto “NASA Radar Finds Ice Deposits at Moon’s North Pole” (de donde he extraído la imagen que acompaña esta entrada).

Por cierto, “¿Es peligroso beber agua destilada?,” El Tamiz, 23 sep. 2007. Aunque no me gusta hacer recomendaciones nutricionistas, prefiero beber agua de mineralización débil o muy débil y la recomiendo para bebés y niños pequeños.

No te dejes engañar… lee “Mala Ciencia” de Ben Goldacre

“Muchos bebés murieron sin necesidad durante una década porque se les privó de este tratamiento salvavidas. Y murieron a pesar de que existía ya suficiente información para saber qué les podía salvar. Lo que pasaba es que nadie había sintetizado en conjunto ni analizado de forma sistemática toda esa información en un metaanálisis. […] Un concepto que ha salvado la vida a más personas de las que jamás llegarás a conocer en persona. […] Al acabar [el capítulo 4] sabrás más acerca de la medicina basada en la evidencia y del diseño de pruebas clínicas que el médico medio. Entenderás por qué pueden fallar los ensayos, cómo funciona el efecto placebo, o por qué tendemos a sobreestimar la eficiacia de las pastillas. Entenderás cómo es posible crear un mito en materia de salud, generado, fomentado y mantenido por la industria.” Extracto del capítulo 4 de “Mala Ciencia” de Ben Goldacre, editado por Paidós Contextos, marzo 2011. Lo confieso la editorial me envío copia del libro a cambio de esto.

“El doctor en pediatría Benjamin Spock escribió un libro que batió récords de ventas titulado “Tu hijo” (título original “Baby and Child Care”), que se publicó en 1946 y fue una obra de enorme influencia y una sensatez bastante apreciable. En él recomendaba con plena confianza que los bebés durmieran boca abajo. Hoy sabemos que ese consejo es erróneo y que una sugerencia tan trivial como aquélla, y que fue tan leída y seguida, ha acabado provocando miles (y tal vez decenas de miles) de muertes súbitas de lactantes. (…) Da escalofríos pensar que, cuando creemos que estamos haciendo algo bueno, tal vez estemos haciendo algo malo, pero ése es un pensamiento que debemos tener siempre presente, hasta en las situaciones más inocuas en apariencia.”

“Durante la Segunda Guerra Mundial, en un momento en el que los alemanes no lograban entender cómo nuestros pilotos podían divisar sus aviones desde grandes distancias, incluso en la oscuridad, para impedir que siguieran intentando averiguar si habíamos inventado algo inteligente como el radar (que sí habíamos inventado), los británicos urdimos un elaborado y falso rumor nutricionista. Los carotenos de las zanahorias, explicaron, son transportados al ojo y convertidos allí en retinal, que es la molécula que permite que nuestra vista detecte la luz. Esto es básicamente cierto. (…) Según la historia que se hizo correr desde el bando británico (sin duda, entre grandes carcajadas de aquellos bigotudos de la RAF), lo que habíamos estado haciendo era dar de comer a los nuestros grandes platos de zanahorias con el feliz efecto que se podía observar.

Merece la pena repasar estas tergiversaciones de las pruebas realmente existentes porque ilustran de forma fascinante cómo las personas pueden entender mal las cosas y porque el objeto del presente libro es que ustedes queden inmunizados frente a versiones futuras de semejantes estupideces. (…) Ellos están impulsados por el deseo de crearse un mercado para sí mismos en el que ellos sean los expertos y ustedes los engatusados y los ignorantes.” La solución según Goldacre son las revisiones sistemáticas, “una de las grandes ideas del pensamiento moderno. (…) En lugar de deambular por el ciberespacio seleccionando los artículos y trabajos que mejor sirvan para apuntalar nuestros prejuicios y que más nos ayuden a vender un determinado producto, en una revisión sistemática aplicamos una estrategia explícita de búsqueda para rastrear datos (una estrategia que se describe abiertamente luego, en el artículo publicado con los resultados, donde se indican incluso los términos de búsqueda empleados para indagar en las bases de datos de trabajos), tabulamos las características de cada estudio que encontramos, medimos (a ser posible, de forma “ciega” respecto a los resultados de los estudios) la calidad metodológica de cada uno de ellos (para comprobar lo “imparciales” que son), comparamos alternativas y, por último, elaboramo un resumen crítico y ponderado.” Extractos del capítulo 6 de “Mala Ciencia” de Ben Goldacre, editado por Paidós Contextos, marzo 2011.

Ben Goldacre, autor de "Mala Ciencia."

Ben Goldacre no sólo critica en su libro a las medicinas “alternativas” sin base científica, también arremete contra las industria farmacéutica y su influencia sobre la bibliografía médica profesional. Todos creemos que “las grandes farmacéuticas son malvadas: yo podría estar de acuerdo con esa premisa,” confiesa Goldacre. “Las compañías fijan sus precios siguiendo métodos que podríamos juzgar explotadores. La industria farmacéutica se ha convertido en la tercera actividad más rentable en el Reino Unido, detrás de las finanzas y del turismo. (…) Todos somos socialistas en materia de atención sanitaria: nos inquieta la idea de que la rentabilidad económica pueda desempeñar algún tipo de papel en las profesiones de vocación social. (…) Cómo llega un medicamento al mercado es una materia que se debería enseñar en el colegio. Un fármaco nace con una idea (molécula o similar) que es estudiada en laboratorio con animales para comprobar que funciona y que no nos mata. Si todo va  bien se pasa a la fase I de estudios (“primera prueba en humanos”) en un reducido número de valientes jóvenes sanos (para comprobar que no les mate y para medir la rapidez con la que el organismo excreta el fármaco). Si todo funciona pasamos a un ensayo de fase II en unas doscientas personas aquejadas de la enfermedad relevante para el fármaco (“prueba de concepto”), a fin de estudiar la dosis adecuada y hacernos una idea de su eficacia. Muchas medicinas fracasan en este punto. Lo último es realizar un ensayo de fase III (aleatorizado y ciego) en centenares o miles de pacientes, en el que se compara el fármaco con un placebo o con otro tratamiento comparable para medir su eficacia y seguridad. Antes de la salida al mercado hay que solicitar una licencia para vender el medicamento, lo que a su vez puede llevar a unos cuantos ensayos más. Una vez en el mercado, todo el mundo se mantendrá alerta por si surge algún efecto secundario inadvertido hasta entonces (en el Reino Unido estos efectos los pueden informar incluso los pacientes a través del sistema Yellow Card). (…) Los médicos toman sus propias decisiones racionales a la hora de recetar un medicamento en función de lo bueno que ha demostrado ser en los ensayos, de los serios que son sus efectos secundarios y, a veces, de su coste. Lo ideal sería que obtuvieran la información sobre su eficacia a partir de los estudios publicados en revistas académicas que tengan implantado un sistema de revisión por pares o de manuales y artículos de revisión. A lo peor, confiarán en las mentiras de los visitadores médicos de las farmacéuticas y en el “boca a oreja.” Los ensayos de fármacos son caros, por lo que más del 90% de los ensayos clínicos clínicos de medicamentos y el 70% de los ensayos recogidos en las principales revistas médicas son realizados o encargados por la industria farmacéutica.” Extractos del capítulo 11 de “Mala Ciencia” de Ben Goldacre, editado por Paidós Contextos, marzo 2011.

Goldacre afirma que “hablando a título personal, yo desconfío profundamente de las compañías famarcéuticas, no porque piense que toda la medicina es mala, sino porque sé que disponen de datos ocultos poco halagüeños, y porque he visto hasta qué punto tergiversan la ciencia en su material promocional. (…) ¿Qué pruebas tiene un médico de la seguridad de un tratamiento concreto?” Goldacre recomienda “las revisiones sistemáticas de la bibliografía especializada realizadas por instituciones con autoridad académica, como la intachable Cochrane Collaboration.” En España contamos con el Centro Cochrane Iberoamericano, ubicado en el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau de Barcelona (miembro del Instituto de Investigación Biomédica Sant Pau), cuya misión es “preparar, mantener y divulgar revisiones sistemáticas sobre los efectos de la atención sanitaria.” Extractos del capítulo 16 de “Mala Ciencia” de Ben Goldacre, editado por Paidós Contextos, marzo 2011.