Un afroamericano “silbando a Vivaldi” por las calles de Chicago

Brent Staples, estudiante negro de la Universidad de Chicago, notó que al cruzar por las calles de Hyde Park por la noche la gente le miraba con miedo. Staples decidió pasear silbando a Vivaldi. Gracias a ello escapó del estereotipo: negro igual a delincuente. Cuando hace una década visité la Universidad de Chicago en Hyde Park me sorprendió que estuviera rodeada de tres de los cinco barrios más peligrosos de la ciudad (el otro lado mira al lago Michigan). La universidad contaba con su propia policia y dentro de Hyde Park había teléfonos públicos a los que podías llamar para que esta policía, previa identificación con el ID de la universidad, te acompañara hasta tu casa (yo me alojaba en Hyde Park) o hasta la parada de autobus o de metro más próxima. En los ascensores había carteles avisando del modus operandi de algunos ladrones que actuaban en el campus y recordando las normas más elementales de seguridad. Yo nunca me sentí inseguro. Los supermercados de Hyde Park eran más caros que los de los barrios que lo rodean y decidí que merecía la pena darse un paseo vespertino para aprovechar dicha ventaja económica. Nunca tuve problemas. Quizás fue suerte. Los estereotipos son así y sobre ellos trata el libro, que no he leído, de Claude M. Steele, “Whistling Vivaldi And Other Clues to How Stereotypes Affect Us,” Norton, New York, 2010, que nos comenta William von Hippel, “Psychology: Performance Sapped by Stereotypes,” Science 329: 1469-1470, 17 September 2010.

Steele, un psciólogo social de la Universidad de Columbia, repasa en su libro los trabajos de investigación más importantes desarrollados en los últimos 20 años sobre los estereotipos y la amenaza psicológica que suponen para todos. Steele y Steve Spencer descubrieron hace años que las puntuaciones en exámenes de matemáticas realizados por mujeres eran más altas cuando antes del examen se les indicaba que no existen diferencias de género en el rendimiento matemático entre hombres y mujeres según las investigaciones más recientes. Lo mismo ocurrió cuando Steele y Spencer estudiaron estudiantes negros (afroamericanos en el artículo de Science). En test de inteligencia mejoraban sus resultados si se les decía antes del test que no existen pruebas de que el rendimiento de los afroamericanos sea inferior al de los euroamericanos. Se han realizado muchos otros estudios en esta línea con resultados similares. Para Steele los estereotipos suponen una amenaza por lo que consumen recursos cognitivos valiosos y degradan el rendimiento en pruebas y exámenes.

William von Hippel nos indica que el libro de Steele está muy bien escrito con un lenguaje atractivo y fácil de leer incluso para los lectores sin conocimientos científicos. El libro sigue la historia de los experimentos y los expertos ya familiarizados con esta línea de investigación también disfrutarán del flujo de los acontecimientos, ideas y personas que influyeron en el desarrollo de la teoría de los estereotipos. Lo más interesante del libro es que nos muestra que es muy fácil relajar la tensión o amaneza que suponen los estereotipos, incluso con unas pocas frases bien elegidas. Pequeños cambios en el individuo tienen un efecto dramático sobre su rendimiento. Gracias a los trabajos de Steele, tanto teóricos como experimentales, ha quedado claro algo que pocos habrían imaginado, diferencias tan pequeñas en la educación y la formación pueden tener un efecto enorme sobre el rendimiento.

La confianza en uno mismo y nuestro testimonio ante un tribunal

Imagina dos testigos en un juicio. Uno está seguro al 100% de su testimonio; el otro afirma lo contrario, pero está menos seguro. ¿En quién confías más? La mayoría de los tribunales tiende a confiar más en el primero, porque está más seguro de lo que afirma. Esta correlación entre confianza y precisión, aunque a veces es cierta, no es infalible. Puede ser que el primero esté más seguro de su testimonio porque su personalidad le hace estar muy seguro de todo lo que afirma, incluso si su percepción de los hechos es poco fiable. O puede ser que el segundo esté más inseguro porque su personalidad le hace estarlo incluso cuando su versión de los hechos es muy fiable. Se ha publicado en Science un artículo que estudia mediante imagen por resonancia magnética (MRI) del cerebro la diferencia entre la expresión de nuestro nivel de confianza y el nivel de confianza real que tenemos sobre las cosas de las que somos testigos. Todavía es pronto para pensar que este estudio pueda tener repercusión en los tribunales, pero quien sabe, quizás algún día los testigos en los juicios ofrezcan su testimonio con una máquina de MRI observando su cerebro. Nos lo cuentan Hakwan Lau y Brian Maniscalco, “Neuroscience: Should Confidence Be Trusted?,” Perspectives, Science 329: 1478-1479, 17 September 2010, haciéndose eco del artículo técnico de Stephen M. Fleming, Rimona S. Weil, Zoltan Nagy, Raymond J. Dolan, Geraint Rees, “Relating Introspective Accuracy to Individual Differences in Brain Structure,” Science 329: 1541-1543, 17 September 2010.

La precisión con la que una persona percibe un estímulo (“modo 1”) y la confianza con la que cree haber percibido dicho estímulo (“modo 2”) están relacionadas. El modo 2 depende del modo 1, pero también se ve afectado por un sesgo (“response bias“) asociado a la personalidad del sujeto. Suponga que un individuo tiene grandes dificultades para realizar juicios precisos (“modo 1”) sobre los estímulos que recibe (su orientación, por ejemplo). No diferencia un juicio incorrecto de otro que es correcto por pura casualidad; para él todos estos juicios son conjeturas. Su confianza en sus juicios (“modo 2”) se puede atribuir a su imprecisión de partida (“modo 1”). ¿Cómo se pueden separar el efecto de ambos modos cuando se quiere estudiar el segundo, la confianza propia en nuestros juicios? Fleming y sus colegas han estudiado este asunto gracias a un juego por ordenador y 32 jóvenes (15 eran hombres). Para separar el “modo 1” del “modo 2” primero han estudiado el comportamiento durante el juego para determinar quienes son mejores observadores y quienes son peores (“modo 1”). En la segunda fase del estudio han seleccionado un juego más difícil para los mejores observadores y uno más fácil para los peores, con objeto de compensar el efecto del “modo 1” en los resultados. En esta segunda fase han observado una menor varianza en la confianza (“modo 2”) que cuando se omite la primera fase. Por ello creen que los resultados obtenidos en los escáner MRI tras la segunda fase se correlacionan con la confianza en los juicios de valor de los sujetos. Las imágenes MRI del cerebro han revelado que los observadores con alta confianza (“modo 2”) presentan una intensidad de señal en la materia gris más alta en el lóbulo frontal que los observadores con baja confianza. También se observa esta señal más intensa en la corteza prefrontal dorsolateral y en la corteza cingulada anterior. Estas regiones están ilustradas en la figura que abre esta entrada.

Un estudio aún difícil de interpretar que tendrá que ser confirmado/refutado por estudios posteriores, pero que quizás sea utilizado por los guionistas de series como CSI y veamos a Grissom con una máquina MRI portátil observando el cerebro de los testigos en un juicio.

Dos codones sinónimos conducen a dos plegamientos diferentes durante la traducción proteica en el ribosoma

El dogma central de la biología molecular afirma que el ADN es transcrito en ARN mensajero y que éste es traducido a proteínas en los ribosomas gracias al código genético. La función de una proteína depende de su plegamiento que viene determinado por la secuencia de sus aminoácidos. Varios codones (secuencias de tres nucléotidos) son sinónimos si codifican el mismo aminoácido, lo que no afecta a la proteína resultante, salvo en un caso publicado ahora en Science. Fangliang Zhang (Universidad dePensilvania, Filadelfia, EEUU) y sus colegas han observado que durante la traducción en el túnel del ribosoma, dos codones que codifican el mismo aminoácido resultan en dos plegamientos diferentes para dos proteínas idénticas al 98%, que adquieren dos funciones muy diferentes entre sí. Las proteínas β-actina y γ-actina se diferencian solo en sus aminoácidos terminales, una diferencia tan pequeña que no puede explicar que sus funciones sean tan diferentes. La diferencia está en su plegamiento. Zhang et al. creen que el motivo del diferente plegamiento es que uno de los codones se traduce más rápido que el otro. Un nuevo nivel de complejidad inesperado en la interpretación del código genético. Nos lo ha contado Ivana Weygand-Durasevic, Michael Ibba, “Cell Biology: New Roles for Codon Usage,” Perspectives, Science 329: 1473-1474, 17 September 2010, haciéndose eco del artículo técnico de Fangliang Zhang, Sougata Saha, Svetlana A. Shabalina, Anna Kashina, “Differential Arginylation of Actin Isoforms Is Regulated by Coding Sequence–Dependent Degradation,” Science 329: 1534-1537, 17 September 2010.