Los CSI de la ciencia (o “crimen y castigo” en la ciencia y la técnica)

Esta tira de humor sobre CSI me ha recordado el artículo de Mathieu Bouville, “Crime and punishment in scientific research,” ArXiv preprint, 30 Mar 2008 . La ciencia necesita CSI que busquen las malas conductas científicas ya que las políticas actuales contra el fraude científico están muy limitadas: es posible que no se pueda probar que una conducta considerada como fraude realmente lo es, y es posible que cosas que normalmente no se consideran fraudulentas puedan ser consideradas erróneamente como tales. Los CSI de la ciencia, según Bouville, deben ser “científicos” no pueden ser impuestos desde la propia sociedad, deben ser impuestos desde la propia ciencia. La falsificación malintencionada de datos, el plagio, y otros fraudes deben ser tratados con mucho cuidado, anteponiendo la inocencia del científico como precepto básico.

Y todo esto viene a colación por el reciente Editorial en Nature 453, 258, 15 May 2008, “Negative results. Retracted papers require a thorough explanation of what went wrong in the experiments,” en relación a los dos artículos del bioquímico Homme Hellinga y sus estudiantes, del Duke University Medical Center in Durham, North Carolina, EEUU, que habían realizado un importante avance en el diseño de enzimas. El año pasado, otro químico encnotró que los enzimas de Hellinga no funcionaban, lo que provocó que él se retractara de los dos artículos en Febrero de este año en Nature. Sin embargo, en Marzo, un tercer grupo de investigadores ha publicado un artículo mostrando que en realidad el diseño de los enzimas de Hellinga en realidad sí funciona. ¡Qué cacao!

Este episodio revela muchos efectos laterales de las prácticas anti-fraude científico. Por ejemplo, John Richard de la State University of New York, Buffalo, EEUU, deseaba usar las proteínas de Hellinga para su propio trabajo. Necesitaron 7 meses y varios miles de dólares tratando de reproducir sus resultados sin lograrlo. De ahí que publicaron el artículo que llevó a la retracción. Pero a costa de mucho trabajo de investigación y mucho dinero. ¿Realmente se beneficiará la carrera de Richards por este trabajo? Probablemente, no. ¡Tiempo perdido en pos del avance de la ciencia!

Más aún, Hellinga tiene un prestigio “intocable”, pero sus estudiantes son las “cabezas de turco”. Mary Dwyer fue acusada por el propio Hellinga de falsificar los datos en los dos artículos retractados, aunque aparentemente no había evidencia de que lo hubiera hecho con mala intención, como ha revelado un estudio del caso por la propia universidad de Duke. Sin embargo, la acusación de su “jefe” podría causar mucho más daño en su carrera que el haber firmado dos artículos que han sido retractados. ¿Quién la contratará ahora para confiarle trabajos de investigación postdoctoral? Esta situación muestra la gran vulnerabilidad de los estudiantes en el sistema científico actual. De hecho, ahora sabemos que la decisión de Hellinga de “lavarse las manos” y acusar a Dwyer es muy cuestionable. Como director de tesis de Dwyer, Hellinga era el responsable de su formación como investigadora. Si ella cometió errores, el último responsable de los mismos era el “jefe” Hellinga. Por el contrario, acusándola a ella, él ha dilapidado cualquier posibilidad de discusión abierta y franca sobre el caso. ¡Se ha cargado su carrera!

¿Cuál es la situación actual para la Ciencia? La comunidad científica no sabe qué fue mal en el trabajo original, y puede que nunca lo sepa, ya que ni el trabajo de Richard, ni la acusación de fraude, ni las dos retracciones aportan información al respecto. ¿Realmente la comunidad científica puede seguir confiando en los resultados de Hellinga? Tanto él como su universidad deberían dar publicamente una respuesta clara a qué es lo que ha pasado, garantizando que no está ocurriendo en su laboratorio actualmente.

Este caso nos muestra las grandes debilidades del sistema científico, dejando claro que los CSI de la ciencia no son sólo una curiosida de serie televisiva, son una necesidad que los estados y las grandes instituciones científicas tienen que plantearse como urgencia. Si no, como siempre, los precarios serán los que pagarán el pato.